octubre 16, 2026

De Roma al mundo: el merengue y la bachata confirman su reinado como embajadores de la cultura dominicana

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La reciente Parada Dominicana en Roma, donde miles bailaron merengue y bachata en las calles italianas, confirma que los ritmos criollos son el pasaporte cultural más poderoso de la República Dominicana.

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Músicos dominicanos tocando tambora, güira y acordeón en una fiesta

Roma no parecía Italia. Hace apenas unos días, miles de dominicanos tomaron las calles de la capital italiana en la Parada Dominicana en Roma 2026, en una fiesta donde el merengue y la bachata fueron los grandes protagonistas. Banderas tricolor, tamboras, güiras y bailes que no necesitaron traducción: la cultura dominicana se hizo sentir en el corazón de Europa con la alegría que la caracteriza.

La escena se repite cada año en decenas de ciudades del mundo — Nueva York, Madrid, Boston, Zúrich — donde la diáspora celebra sus raíces con desfiles, conciertos y fiestas patronales. Y en todas ellas, la música es el hilo conductor. El merengue y la bachata no son simples géneros musicales: son la banda sonora de la identidad dominicana, el idioma común que une a quienes nacieron en la isla con quienes la llevan en la sangre a miles de kilómetros de distancia.

Un patrimonio reconocido por el mundo

El valor universal de estos ritmos no es solo un sentimiento de los dominicanos: está certificado por la comunidad internacional. La UNESCO declaró al merengue Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en 2016 y a la bachata en 2019, reconociendo su papel en la cohesión social y la transmisión de valores entre generaciones. Pocos países pueden presumir de tener dos géneros musicales propios en esa lista de honor.

El merengue, con su tambora repicando y su acordeón llorando, nació en los campos y bateyes del siglo XIX y conquistó primero los salones y luego el mundo. La bachata, que surgió en los barrios marginados como música de amargue, recorrió el camino inverso al prejuicio: de despreciada a adorada, hasta convertirse en uno de los géneros latinos más escuchados del planeta, con Romeo Santos como su embajador global.

La diáspora como escenario

Lo ocurrido en Roma ilustra un fenómeno mayor: la diáspora dominicana, estimada en millones de personas, funciona como una red de embajadas culturales espontáneas. Cada parada, cada festival y cada concierto en el exterior es una vitrina donde Italia, España o Estados Unidos descubren la cultura criolla a través de su música, su gastronomía y su alegría.

Esa proyección tiene también un efecto económico. Los artistas dominicanos llenan arenas en Europa y América, las escuelas de baile enseñan bachata en Tokio y Estocolmo, y el turismo cultural crece impulsado por viajeros que quieren vivir la música en su tierra de origen. El merengue navideño, por ejemplo, ya es una tradición que trasciende fronteras: en diciembre, las fiestas de dominicanos en cualquier parte del mundo suenan a tambora.

Figuras como Juan Luis Guerra, Milly Quezada, Romeo Santos y El Alfa representan distintas generaciones y estilos, pero comparten una misma misión involuntaria: llevar el nombre del país a los escenarios más importantes del planeta. La nueva camada de artistas de dembow y fusiones urbanas, por su parte, está escribiendo el próximo capítulo de esa historia, conectando los ritmos tradicionales con los sonidos globales.

Diciembre: la temporada alta del merengue

Si hay una época en que el merengue demuestra su poder, es diciembre. El merengue navideño es una institución nacional: desde finales de noviembre, las emisoras, los colmados y las fiestas familiares suenan a tambora con letras que celebran la Navidad criolla — el lechón asado, el brindis, el reencuento familiar. Artistas consagrados y nuevas figuras compiten cada año por el tema de la temporada, y los dominicanos en el exterior lo viven con especial nostalgia: poner un merengue navideño en un apartamento de Madrid o Nueva York es una forma de teletransportarse a casa.

Esa tradición, que ya suma décadas, demuestra la capacidad de renovación del género. Cada generación le pone su sello sin romper el molde, y los productores actuales fusionan la tambora con sonidos urbanos para conquistar a los más jóvenes. El resultado es un repertorio navideño en constante crecimiento que ninguna otra cultura del continente puede igualar en vitalidad.

El reto: preservar sin momificar

Los gestores culturales advierten, sin embargo, que el éxito internacional no debe hacer olvidar la base. Las escuelas de música típica en el interior del país, los pericos ripiaos de la Línea Noroeste y las fiestas patronales de los pueblos son el semillero donde nacen los ritmos. Sin apoyo a la formación de nuevos músicos y sin espacios para la música en vivo en las comunidades, la tradición corre el riesgo de convertirse en un producto de exportación desconectado de su raíz.

Iniciativas como los festivales de merengue típico, los concursos de bachata y la enseñanza de los ritmos en las escuelas apuntan en la dirección correcta. La meta, dicen los expertos, es que un niño de Santiago o de Barahona pueda soñar con vivir de la tambora o la guitarra con la misma naturalidad con la que sueña con el béisbol.

Una marca país que suena

En la era de la economía de la atención, pocos activos valen tanto como una identidad cultural reconocible y querida en todo el mundo. El merengue y la bachata son, en ese sentido, la marca país más efectiva de la República Dominicana: no necesitan presupuesto publicitario porque cada dominicano que baila en una calle de Roma, Madrid o Nueva York es un anuncio andante.

Mientras las bocinas sigan sonando y los pies sigan moviéndose, la cultura dominicana tendrá asegurado su lugar en el mundo. Y eso, más que un orgullo, es una responsabilidad compartida entre artistas, autoridades y cada dominicano que lleva su música a donde quiera que vaya.

Fuente: Listín Diario

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